La industria de la duda

Un famoso futbolista dice que rechaza la crema solar. En su opinión, es inútil; el cuerpo parece saber “por sí mismo” qué hacer frente al sol. La frase ha hecho su camino en las redes: algunos la han aplaudido en nombre de la “naturalidad”, mientras que otros han encendido la alarma.

El ejemplo tiene importancia. Aquí se mezclan dos planos muy diferentes. En un lado está la evidencia científica de la dermatología y la epidemiología; en el otro, la intuición de una persona famosa fuera del campo de la salud. Contar los propios hábitos es una cosa, mientras que convertir ese hábito en un mensaje de salud es algo que va más allá de la competencia de esa persona.

Aquí aparece una forma actual de negacionismo científico, que es sembrar la sospecha sin refutar directamente la ciencia. “Tal vez no esté tan claro”, “tal vez haya interés comercial detrás”, “tal vez hay que dejar que el cuerpo siga su camino”. Sin necesidad de demostrar que la ciencia está equivocada, es suficiente suscitar una duda duradera.

La industria del tabaco entendió esto bien en el siglo XX. Más eficaz que refutar lo dicho por los científicos, era sembrar la duda suficiente para retrasar o debilitar las medidas contra el fumar. La duda se convirtió en una herramienta del negocio. Hoy ocurre algo similar con el cambio climático, las vacunas, las cremas solares o ciertas pseudoterapias: cuando la evidencia es incómoda, el desgaste de su autoridad se convierte en la esencia de la estrategia.

El informe oficial sobre la homeopatía, publicado en abril, muestra bien el fondo del problema. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, AEMPS, ha llegado a una conclusión clara: no existe suficiente evidencia científica para recomendar la homeopatía como un tratamiento eficaz y sus efectos son similares a los del placebo. El debate público, sin embargo, sigue vivo. Inmediatamente aparecen otras respuestas: “pero a mí me ha ido bien”, “si es natural, será inofensivo”, “la medicina también falla”, “las farmacéuticas nos ocultan la verdad”, y cosas así.

Estas opiniones son fuertes porque hablan desde la experiencia personal. Y la experiencia personal merece atención. Los pacientes deben ser escuchados. El dolor, el cansancio, el miedo o el querer curarse son más que simples sentimientos. Pero el problema surge cuando la experiencia personal se convierte en un sustituto de la evidencia científica. Sentir que algo me ha beneficiado a mí no es suficiente para demostrar la eficacia de un tratamiento. En la salud, la intuición no puede reemplazar la prueba. Entonces la desinformación se convierte en daño.

Las redes sociales han aumentado esta vulnerabilidad. El lenguaje de la ciencia es complejo porque habla de riesgos, probabilidades y calidad de la evidencia. El negacionismo, por el contrario, utiliza eslóganes cortos. Y la cultura influencer ha añadido a esto la tendencia a confundir visibilidad y autoridad: tener muchos seguidores no implica por sí solo conocimiento sobre salud, pero una cara conocida y un relato personal pueden tomar más fuerza en las redes que un artículo científico.

Desde el punto de vista de la bioética, la cuestión principal es: ¿en qué condiciones tomamos decisiones sobre la salud? Autonomía no es elegir cualquier cosa, sino tener información fiable y comprensible para elegir, sin falsas presiones o miedos. La información falsa hace al paciente más vulnerable.

Por ello, combatir el negacionismo es tarea de toda la sociedad: la ciencia, el periodismo, la educación, el derecho, la bioética y la salud pública. No basta con decir “la ciencia dice”. Es necesario explicar cómo la ciencia sabe lo que sabe, cómo se recogen los datos, cómo se corrigen los errores y por qué las cosas son diferentes la opinión personal y la evidencia acumulada.

En este camino, sin embargo, la respuesta debe ser bien medida. La censura general no es adecuada. Pero entre la prohibición y la aceptación de todo existe un amplio campo democrático: limitando la publicidad engañosa, aumentando la transparencia de las plataformas y desmonetizando los mensajes negacionistas para privar a la desinformación del modelo de negocio.

En definitiva, el trabajo contra el negacionismo científico no busca convencer ciegamente a la ciencia a los ciudadanos. Los ciudadanos tienen derecho a hacer preguntas, también a los poderes públicos, a las empresas farmacéuticas, a los médicos y a los científicos. Este derecho, sin embargo, debe ir acompañado del derecho a recibir información fiable. A la ciencia no se le debe la fe; tampoco la mentira merece el mismo escenario. De hecho, la mentira sobre la salud no se pierde en el aire, sino que suele convertirse en un daño causado en el cuerpo de alguien.

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