Para combatir el calor, no basta con abrir la puerta

¿Quién me iba a decir a mí, viniendo de Brasil, que iba a estar hablando del calor de Euskadi? Pero es así. Durante mucho tiempo hemos vivido con ganas de que llegue el sol, salgamos a la calle, nos sentemos en una terraza y disfrutemos del verano. El problema, sin embargo, es que este agradable calor se está mezclando, cada vez más a menudo, con peligrosos golpes de calor extremos y, a menudo, no estamos preparados: ni nuestras viviendas, ni nuestras calles, ni nuestras rutinas, ni nuestras instituciones.

Los refugios climáticos son precisamente para eso: para protegerse del calor en los días más duros del verano. Bibliotecas, escuelas, museos, plazas arboladas o parques pueden formar parte de una red de refugios, pero también hay una trampa: no todos los espacios con techo, sombra o aire acondicionado merecen ese nombre.

Un refugio climático debe proporcionar una protección real. Debe ofrecer la temperatura adecuada, pero también agua, asientos, aseos, horarios disponibles, información clara y accesibilidad. Y otra característica menos medible —pero muy importante— es que el usuario debe sentir que “no molesta”. Entrar, descansar y recuperarse del refugio no debería ser un favor, sino un derecho cotidiano.

Mi investigación sobre los refugios climáticos revela algo simple y a la vez político: el calor no nos afecta a todos por igual. No es lo mismo vivir en una casa bien aislada que en un piso que se convierte en un horno; trabajar al aire libre o en una oficina con aire acondicionado; poder ir a un lugar fresco o quedarse en casa cuidando a un subordinado; recibir y comprender avisos oficiales y no recibirlos, no entender el idioma o no hacer un buen uso de la tecnología. Por eso, para diseñar una red de refugios no basta con mirar un mapa de temperatura: también hay que fijarse en la edad, la renta, la vivienda, el cuidado, la soledad y los obstáculos invisibles que dejan fuera a algunas personas.

«Los refugios climáticos no son una solución mágica, pero sí una pieza importante para una adaptación climática más justa»

Tampoco basta con poner un punto en una página web municipal. Si nadie sabe que es un refugio, o si está cerrado cuando más se necesita, si está lejos de barrios vulnerables o si tiene reglas que expulsan a quienes más lo necesitan, será solo una hipocresía: una bonita etiqueta para una política insuficiente.

La mejor noticia es que hacerlo mejor no es difícil ni tan caro. En primer lugar, se deben adecuar los espacios públicos existentes, señalizándolos adecuadamente, garantizando el agua y las áreas de descanso, ampliando los horarios y estableciendo protocolos de funcionamiento. Cuando esto no se hace bien, los refugios generan desconfianza o confusión, o simplemente no se utilizan. Cuando se hace bien, pueden convertirse en una infraestructura social para cuidar, reunirse, descansar y estar cómodos.

Pero hay que decirlo claro: los refugios climáticos no representan la transformación urbana que necesitamos; no representan viviendas dignas, calles arboladas, derechos laborales que tengan en cuenta el calor y políticas de cuidado. No son una solución mágica, pero sí una pieza importante para una adaptación climática más justa.

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