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La patata ideal de la ciencia

2011/10/27 Carton Virto, Eider - Elhuyar Zientzia

La semana pasada leí con pena un título que trajo este periódico: «La patata ideal de la ciencia es un arma para destruir formas de vida tradicionales». Son palabras de Emmanuel Lizcano, filósofo y matemático, en el marco de una conferencia celebrada en San Sebastián dentro del ciclo “Agricultura y modernidad”. Sólo desde esa conversación conozco el pensamiento de Lizcano —conocer si se puede utilizar la palabra—, no estuve en la conferencia. No es, por tanto, mi intención criticar nada de lo que él ha dicho. Me he referido aquí porque me ha parecido un indicador de un tipo de discurso que existe en la sociedad ante el desarrollo de la tecnología y, sobre todo, de la biotecnología, un discurso que me preocupa por muchas razones.

No se trata de quedarse ciego y mudo en muchas de las resacas de la biotecnología aplicada a la agricultura, diciendo que no se trata de tecnologías maliciosas, sino de usos maliciosos. La tecnología de la transformación genética de los seres vivos ha revolucionado el proceso que dependía del cruce, la paciencia y la recombinación genética para mejorar las semillas y los cultivos. Sin embargo, la técnica no ha sido la única que ha cambiado drásticamente: bajo el paraguas de la globalización, ha sido también la evolución del modelo productivo. La

yuxtaposición de unas plantas genéticamente modificadas es considerada por algunos como una herramienta imprescindible de un modelo de producción injusto y, por tanto, como un pecatario congénito. Otros, por su parte, reivindican que aunque el foco está en ellos, el problema no es transgénico en sí mismo, sino la miseria de nuestro modelo de desarrollo. Y nadie puede preguntar: ¿importa si la gallina fue un huevo antes? El

pasado mes de septiembre hablamos mucho sobre la dualidad de la ciencia en uno de los cursos de verano de la UPV. Precisamente, el título del curso era “Responsabilidad social de la ciencia” y se centró en las tecnologías desarrolladas directamente en la guerra o, aunque no se desarrollaron para hacer daño, en la guerra, así como en las que hicieron el camino contrario. Y si un tema que puede parecer más claro para resolver mostró varios bordes, ¿cuántos más no habrá que satisfacer las necesidades alimentarias de todos nosotros? Las

tecnologías asociadas a la producción de alimentos son un ejemplo complejo de dualidad. Pero, precisamente por ello, es necesario diferenciar cuáles son los riesgos directamente relacionados con ellos y cuáles son las dificultades del modelo productivo. Diferenciarse, no para tratarlo como algo único, sino para hacer lo contrario: con responsabilidad social, para gestionar bien una y otra. La experiencia nos ha demostrado que no basta con garantizar que los alimentos procedentes de la biotecnología son seguros para la salud y el medio ambiente. La mataza socioeconómica y política del modelo ligado a la agricultura y a la producción de alimentos en general requiere de una solución diferente, pero la ciencia como culpable no es una solución. La ciencia es un sistema de conocimiento desarrollado por los seres humanos y como sistema de conocimiento no tiene ninguna patata ideal. Investigadores que intensifican el conocimiento, desarrolladores de nuevas tecnologías, entidades que regulan la seguridad, comercialización y difusión de las aplicaciones, empresas y personas que las venden, compran y consumen, quienes las comunicamos… a todos, en su medida, nos corresponde desarrollar una patata ideal justa. Decir que la patata ideal de la ciencia es un arma para destruir las formas de vida tradicionales no ayuda a liberar la mataza, y no creo que sea responsabilidad social desplegando este tipo de discurso.

Publicado en Berria

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