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Algo bueno también en lo peor

2013/06/10 Galarraga Aiestaran, Ana - Elhuyar Zientzia

Joakin Fuentes Biggi me ha recordado la historia. Me refería al peso de la genética y la epigenética en los trastornos del espectro autista para el artículo principal que se publicará en la revista Elhuyar. Así, después de decir que la epigenética tiene gran importancia en el autismo, me contó cuándo y cómo se demostró la influencia de los factores ambientales en los genes.

II. Era el fin de la Guerra Mundial. Los aliados consiguieron liberar el sur de los Países Bajos de los nazis, pero los nazis consiguieron dominar una zona y establecer un bloqueo de comida. Como consecuencia, en aquel invierno, los habitantes sufrieron la mayor hambruna de la historia del país. Le llamaron Hongerwinter, el invierno de la hambruna.

Aquella hambruna causó miles de muertes y los niños nacidos de mujeres embarazadas en aquella época fueron más pequeños de lo suficiente. Es más, a estos niños se les hizo un seguimiento y a su madurez tuvieron más problemas de salud de los habituales, como la hipertensión, la obesidad, enfermedades cardiacas y problemas psiquiátricos (esquizofrenia, trastornos neuronales...).

Pero lo más sorprendente fue que sus hijos también eran menores que la media al nacer, y que posteriormente tuvieron las mismas enfermedades que los padres, aunque sus consecuencias fueron ligeramente inferiores a las de sus padres.

De ahí que los investigadores concluyeran que determinados factores del entorno influyen directamente en los genes. A esto se le llama epigenética y a los cambios en los genes se le llama mutación epigenética. Sus hijos sufrieron, por tanto, mutaciones en los genes por el estado de las madres y su entorno. Y sus hijos heredaron esos cambios.

Era una idea nueva y suscitó un debate entre los científicos, pero se ha ratificado con el tiempo, y ahora no hay duda de que en los genes no está todo escrito y que los factores ambientales también dejan huella. De hecho, una vez concluidas las cuentas de los holandeses, Fuentes lanzó: “Estoy seguro de que en las siguientes generaciones se notarán las consecuencias del estrés y el desequilibrio que estamos viviendo”.

El caso es que no fue la única aportación que el invierno del hambre hizo a la medicina. Durante el invierno de la hambruna, el pediatra Willen-Karel Dicke descubrió que algunos niños hospitalizados mejoraron notablemente. Y viceversa: empeoraron cuando terminó la guerra.

Dick ya tenía la sensación de que la dieta afectaba mucho a su salud. De hecho, ya había hecho bastantes pruebas con los alimentos, y tenía demostrado que el plátano les beneficiaba, así como la retirada del pan.

La época del desayuno reafirmó las sospechas de que los niños enfermos no pudieron comer plátanos, ni pan ni harina de trigo. Y, sin embargo, estaban más sanos que nunca. Así se dio cuenta de que lo que hacía daño era pan y harina. Continuó investigando y demostró que los niños eran perjudicados por una proteína que contiene trigo y otros cereales. Eran celíacos.

Por todo ello, y a pesar de su dureza, debemos dar la razón a la afirmación de que los peores acontecimientos también tienen un buen extremo. Tiene al menos dos.

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