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1609-1859

2009/01/07 Carton Virto, Eider - Elhuyar Zientzia

Dos nombres para el año que acabamos de empezar: Galileo Galilei y Charles Darwin. El primero, Galileo, miró por primera vez el cielo desde el telescopio hace 400 años, y el universo eterno más allá de la Tierra ha cambiado radicalmente desde entonces. Hace 150 años, por su parte, Darwin publicó su obra El origen de las especies, con las mismas consecuencias en la historia de los seres vivos de la Tierra. Ese es precisamente el rasgo que quiero destacar de estos dos aniversarios que se celebrarán este año: que los trabajos de uno y otro renovaron la visión del mundo y, a la vuelta de los siglos, nos hicieron más sabios y libres.
Galileo. Cuadro realizado por Justus Sustermans en 1636.

Galileo trabajó en astronomía, observó planetas y estrellas con la ayuda del telescopio, y explicó fenómenos nunca vistos -y imposibles–, como Tycho Brahe y su sucesor Kepler, que entonces no lo dije, pero los dos últimos fueron contemporáneos, las leyes de Kepler sobre el movimiento de los planetas son del telescopio de los Galileos. Copérnico, Kepler, Galileo, y un poco más tarde, Newton pusieron a la Tierra en su sitio, y con ellos surgió y se desarrolló lo que se conoce como ciencia moderna.

Las nuevas ciencias basadas en la observación, los datos, los hechos, las mediciones y las matemáticas fuertes dieron sus primeros pasos en astronomía y física, pero desde su creación se puso de manifiesto que era mucho más que eso. Se trataba de una nueva e innovadora forma de hacer frente a los misterios del mundo, dejando a un lado la superstición y los dogmas, y, necesariamente, los modelos de poder que se alimentan de ellos. No hay más que recordar la cálida acogida que recibió por parte de ellos.

Este año se cumplen 200 años del nacimiento de Charles Darwin y de la publicación de 150 Sobre el origen de las especies.

Pero por el intento del contrario no había vuelta atrás. Con la tierra en su lugar, el nacido en astronomía se extendió a la medicina, a la química, a la biología y a todos los rincones, y en 1859 Charles Darwin publicó la obra que ha colocado al hombre en su lugar. La selección natural es el motor de la evolución de la vida y no tiene finalidad, favorece la mejor adaptación del medio ambiente y la evolución a escala geológica del tiempo. Se trata de una idea sencilla y extremadamente poderosa, capaz de explicar razonadamente todas las formas que ha tomado la vida desde el momento de su creación. No necesita nada más para explicar todo lo que vemos en la naturaleza y, por supuesto, encantó a los herederos de los enemigos de Galileo. Él era el último fuerte y la selección natural convirtió en nada el milagro de la creación.

Nadie podría pensar que son cosas antiguas, que el modelo heliocéntrico y la teoría de la evolución están totalmente interiorizadas y que sólo una minoría despreciable cuestiona. Y en la piel es cierto, pero en el fondo no tanto. Y es que no basta con que una amplia mayoría acepte ambas teorías. Las argumentaciones y los valores que sustentan estas teorías son la clave real, son el verdadero antídoto contra todo tipo de creencias y dogmas, y desgraciadamente ahí la inmensa mayoría no es todavía tan extensa y la minoría rechazable sigue siendo menos rechazable. Por eso merece la pena recordar en 2009 las obras de Galileo y Darwin y acortar a su luz la sombra de la creencia hasta su desaparición.

Publicado en Berria

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